NUEVA ESCENA EXTRA DE UGLY LOVE

13:43:00



TATE ARCHER

Puedo escuchar mi teléfono sonar, pero sólo una pequeña parte de mí se preocupa por contestar. La parte que sabe que puede ser Miles. Él es la única razón por la que podría dejar de pedir mi muerte en este punto.
Mi turno terminó ayer a las siete de la mañana pero la enfermedad que atrapé durante ese tiempo sigue muy viva. Tenía fiebre de casi treinta y nueve grados cuando crucé nuestra puerta delantera ayer y nada de lo que he hecho ha ayudado. Llegué al punto donde no podía siquiera llegar al refrigerador sin tomar tres descansos. Me rendí esta mañana y decidí dejar que esta gripe me mate.
Hasta ahora no he muerto, y mi teléfono sigue sonando, recordándome esa pequeña parte de mí que me puede hacer sonreír aún a mitad del infierno. Mi esposo. El hombre al que no he visto en doce días, gracias a nuestras agendas nada cooperativas de este mes.
Encuentro mi celular con las puntas de mis dedos. Está como a dos pies lejos de mí, así que lo acerco una pulgada y deslizo mi dedo sobre la pantalla. Trato de recordar dónde está el ícono de altavoz y golpeo sobre la pantalla del teléfono.
“¿Hola?” Mi voz es tan débil que me pregunto si sólo se escuchó en mi cabeza.
Pero luego su familiar voz viaja por mi cama y se encuentra con mis oídos cuando él contesta, “¿Tate?” Es la primera vez que pienso en sonreír desde que me enfermé.
“Aquí”, susurro.
“Hablas muy bajo.”
Intento responder, pero no fue una pregunta. Sólo tengo la fuerza suficiente para responder preguntas.
“¿Bebé?” Suena preocupado.
Levanto mi cabeza para que mi patética voz llegue al teléfono. “Enferma.” Lo digo corto y suave para que él entienda. “Gripe.” Tomo un respiro y mi cabeza vuelve a caer en la almohada.
“Oh, no,” dice, genuinamente comprensivo. Lo oigo suspirar en el teléfono y no tiene que traducir ese suspiro para mí. Sé que le frustra no poder hacer nada por mí. Él está en Maine o Florida o en algún lugar tan lejos como los Estados Unidos pueden alejarlo de mí, así que no hay nada que pueda hacer.
Pero honestamente, su llamada es suficiente. Se siente tan bien escuchar su voz. Hemos estado casados por más de un año. 455 días para ser exactos. Y gracias a nuestros horarios, hemos pasado menos de 100 días juntos. Lo cual es la razón por la que mi cabeza aún da vueltas cuando cruza la puerta de nuestro apartamento. Y cuando me llama. Y cuando me sonríe. Y cualquier momento en el que pienso en él.
“¿Hay algo que pueda hacer?”
Quiero decir, “Sí. Secuestra un avión y vuela a casa y acuéstate conmigo en la cama.”
Pero en vez de eso, sólo susurro, “No. Sólo necesito descansar.”
Suspira otra vez y dice, “No quiero mantenerte en el teléfono. Suenas muy cansada. Estoy a punto de despegar y sólo quería escuchar tu voz. Te amo.”
“Igual,” es todo lo que consigo decir. Puedo escucharlo colgar el teléfono e intento dormir otra vez.
***
“Tate.”
Siento un trapo frío sobre mi frente. Y luego líquido en mis labios.
“Joven, será mejor que bebas. Ese chico tuyo me hizo prometerle que no te dejaría hasta que tomes dos vasos de agua.”
Cap.
Abro los ojos y lo veo sentado al lado de mí en la cama, levanto mi cabeza para acercarme al vaso lleno de agua helada. Creo que sonrío, aliviada de verlo, y tomo un sorbo. Intento recostarme pero él me obliga a sentarme. “Intenta beber todo. No puedo permitir que te deshidrates en mi guardia.”
Tomo la taza con manos temblorosas.
Él se levanta, lo que le toma mucho esfuerzo de su parte. Cojea alrededor de la habitación, gruñendo mientras se agacha para recoger varias prendas de ropa.
Ropa.
Mierda. ¿Al menos tengo algo puesto?
Miro hacia abajo y afortunadamente, no estaba tan enferma para vestir una de las playeras de Miles. Me termino el vaso de agua y lo coloco en la mesa de noche.
“Gracias,” Me ahogo un poco.
Cap asiente mientras deja toda mi ropa sucia en el cesto. “¿Has comido algo hoy?
Niego con la cabeza. “Se debe comer poco o nada cuando tienes fiebre, y mucho cuando estás resfriado.” Me dejo caer en la almohada y doy la vuelta. Coloco las cobijas sobre mi cabeza y rezo para que alguien me saque de mi miseria.
“Por favor, Tate. Eres enfermera. Sabes que eso es sólo un viejo cuento.” Cap sale de la habitación y vuelve unos minutos después. “Encontré unas cuantas galletas y fruta. Intenta comer un poco.” Lo escucho colocar el plato en la mesita de noche.
“Lo haré más tarde. Lo prometo.”
Suspira y luego dice, “De acuerdo. Regresaré más tarde a revisarte. El chico me dijo que él te llamará más noche.”
“Gracias,” murmuro.
Cap se va y ni siquiera pruebo la comida. Regreso a dormir.
***
“Tate.”
Una vez más, siento un trapo frío sobre mi frente.
Pero esta vez se siente diferente. Una mano acaricia mi cabello. Suave y calmante y, “¿Miles?
Un pulgar se desliza por mis labios. “Aquí. Bebe,” dice. Pasa una mano por detrás de mi cuello y me levanta para poder beber. Cuando termino de tomar un sorbo abro los ojos, mientras Miles recuesta mi cabeza con cuidado en la almohada. Sus ojos azules están llenos de preocupación pero sus labios se levantan en una sonrisa cuando hacemos contacto visual. Milagrosamente, yo también sonrío.
Ni siquiera pregunto por qué está aquí o por cuánto tiempo. Sólo muevo mi mano hacia donde está la suya acariciando mi mejilla y la aprieto.
Él pasa el trapo frío por mi cara y luego lo coloca en la mesa. Se levanta y comienza a desabotonar su uniforme. A pesar de lo cansada que estoy, mis ojos absorben cada momento – rehusándose a cerrarse. Empiezo a dudar que sea real. Sé que la fiebre puede causar alucinaciones.
Se quita la camisa y luego desabrocha su cinturón, dejando que sus pantalones caigan al piso.
Cuando mis ojos regresan a su cara, puedo ver el cansancio en su expresión. “Has dormido?”
Él me da una sonrisa tranquilizadora mientras se recuesta en la cama al lado de mí. “Estoy a punto de hacerlo,” susurra, deslizando un brazo bajo mi cuello. Me abraza y presiona sus labios en mi mejilla. “Regresa a dormir,” susurra. “Estaré aquí por si necesitas algo.”
Cada músculo de mi cuerpo ha estado doliendo y gritándome durante las últimas veinticuatro horas, pero su simple presencia los silencia milagrosamente. Lo suficiente como para sentir el primer momento de paz desde que la enfermedad me atacó.
Todo lo que siento son sus brazos alrededor de mí, su boca contra mí, y su cálido aliento contra mi oído cuando susurra, “Te extrañé.”
Y yo lo extrañé también.
Siempre lo extraño. Aun cuando lo tengo.
***
MILES ARCHER

Doblo las últimas prendas recién lavadas y las guardo. En mi camino por la cocina, me detengo a servirle un vaso de jugo de naranja.
Nunca la había escuchado tan enferma como cuando le llamé en la mañana. Inmediatamente encontré un reemplazo, llamé a Cap para que la vigilara hasta que yo pudiera llegar a casa y saltara al primer vuelo de regreso a California.
En todo el tiempo que he conocido a Tate, nunca la había visto así de enferma. Y hemos estado casados por más de un año. 455 días para ser exactos.
Dudo que Tate o yo supiéramos los días que llevamos casados si no fuera por el regalo que Ian nos dio para nuestra boda. Es un reloj solar que tiene nuestra fecha de boda grabada en él. También mantiene un conteo de cuántos días, horas y minutos han pasado desde que dijimos “Acepto.” Él dice que lo compró para que yo no olvidara mi aniversario de bodas, pero el regalo no fue necesario. Es una fecha que nunca tendré problemas para recordar.
Cierro la puerta de nuestra habitación para que no entre la luz. Es casi media noche y, a pesar de que logré hacerla comer hace unas horas, su fiebre no ha bajado mucho. Lo que significa que necesita descansar.
Echo un vistazo a la cama y las cobijas están tiradas y ella no está ahí. Coloco el jugo en la mesa y camino hacia el baño. Cuando abro la puerta, la veo en el lavabo mojando su cara con un paño mojado. Está vestida con una de mis viejas playeras. Tiene agujeros por todos lados y probablemente la debí haber tirado hace mucho tiempo, pero la mantengo específicamente para este propósito. Se ve sexy como el demonio puesta en ella. Nuestros ojos se encuentran en el espejo cuando camino detrás de ella, pasando mis brazos alrededor de su cintura. Beso su hombro. “¿Te sientes mejor?”
Frunce el ceño y se ve en el espejo. “Mejor de lo que me veo.”
Intento ver lo que ella ve, pero supongo que estoy cegado. Aún con su cabello sin cepillar por dos días y sus dientes sin lavar durante casi el mismo tiempo, no puedo esconder el tirón que siento dentro de mis bóxer por culpa de lo que ella me hace cuando piensa que está en su peor momento. Coloco un beso en su cabeza. “¿Quieres que te de un baño? Puede que te haga sentir mejor.”
Asiente con una pequeña sonrisa. “Gracias.”
Termina de lavar su cara y de cepillar sus dientes mientras le preparo el baño. Me aseguro de que el agua no esté muy caliente y saco algunas toallas mientras ella se saca su playera. No está vistiendo nada debajo de ella y no puedo desviar la mirada mientras la ayudo a meterse en la tina.
Creo que es la primera vez que cruzo por la puerta delantera sin terminar inmediatamente junto a ella en la cama. O en el sofá. O sobre la encimera de la cocina. O en la mesa. Ninguno de nosotros ha encontrado la llave de la paciencia cuando estamos a solas en cualquier lugar. Especialmente con el poco tiempo que podemos pasar juntos. No trabajo tantas horas como antes de que ella llegara a mi vida, pero definitivamente estoy más lejos de ella de lo que quisiera. Y en este caso, más de lo que necesito estar. Amo mi trabajo pero amo más a mi esposa, lo que es exactamente la razón por la cual cambié mi horario hoy. No quiero que esté sola cuando está enferma.
Inclina su cabeza hacia atrás contra la bañera y entra al agua con un suspiro. “Dios, esto se siente bien,” susurra, dejando que sus ojos se cierren.
Me siento en la orilla de la tina y tomo un paño, mojándolo bajo el chorro de agua. “¿Necesitas algo?”
Abre sus ojos y le paso el trapo mojado. “¿Podrías cambiar las sábanas de la cama?” pregunta. “Quiero a esos gérmenes fuera de este apartamento. La última cosa que necesitas es enfermarte.”
Niego con la cabeza. “No, la última cosa que necesito es que mi esposa se preocupe por mí cuando está así de enferma.”
Paso los quince minutos que ella está en la tina arreglando la cama y dándole una cucharada de medicamento y luego obligándola a tomar agua helada. Cuando está lista para salir de la tina, la ayudo a levantarse y envuelvo una toalla alrededor de ella. Presiona su cara contra mi pecho desnudo y todo su cuerpo suspira contra mí.
“No puedo creer que estés en casa,” susurra. Levanta su cara hasta que estoy viendo sus ojos. Me agacho para besarla pero ella gira la cabeza y mis labios van directo a su mejilla. “No quiero que te enfermes.” Tomo su cara y la giro hacia mí. “¿Qué es lo peor que podría pasar? ¿Tener que estar en casa junto a ti mientras me recupero?” Ella sonríe ante la idea y bajo mi boca hacia la de ella. “Nunca he querido a los gérmenes más de lo que quiero a los tuyos justo ahora.” Atrapo su labio inferior entre los míos y la beso suavemente. Cuando me alejo sus ojos siguen cerrados. No sé si es por el cansancio o por el beso, pero de cualquier manera necesita descansar. Me agacho y envuelvo mis brazos por detrás de sus rodillas y la levanto sin problemas. “Vayamos a la cama.”
Coloca sus brazos y su cara contra mi pecho mientras la llevo a la habitación. Su piel se siente como fuego contra la mía. Cuando la coloco en la cama, el aire entra en contacto con las partes de mi cuerpo donde había estado recargada y es más notorio el contraste entre nuestra temperatura corporal.
Apago la lámpara y me acomodo detrás de ella, colocando las cobijas sobre nosotros. Puedo sentir cómo tiembla y me siento completamente inútil. Además de abrazarla, que es exactamente lo que estoy haciendo, no hay una maldita cosa que pueda hacer para ayudarla a sentirse mejor. Además, ella sabe mejor que yo lo que sirve para hacerla sentir mejor. Ella es la experta en medicina.
Beso su hombro y me recuesto en su almohada, descansando mi mano en mi muslo. He tenido gripe antes y recuerdo cómo duele cada parte del cuerpo – incluso la piel. Dudo que quiera que la toque ahora, no importa lo mucho que quiero hacer desaparecer su dolor.
Como si pudiera leer mi mente, alcanza mi mano y la coloca alrededor de ella.
“Me siento mejor cuando me tocas,” susurra.
Sonrío y entierro mi cara en su cabello. “Estoy encantado de complacerte,” digo, recorriendo su estómago con mi mano. Continúo moviendo mi mano sobre su estómago, su cadera y su brazo. Me mata estar cerca de ella sabiendo que no pasará nada más mientras se recupera, pero no quiero que piense que es ahí donde está mi mente. Es la última cosa que necesita ahora, así que trato de pensar en cualquier otra cosa mientras se queda dormida.
Paso los siguientes minutos repasando mentalmente mi rutina de vuelo para no pensar en cómo se siente su piel bajo mi mano, pero no ayuda para nada. El simple hecho de tenerla cerca en esta cama hace que cada parte de mí reaccione físicamente, lo que no sería cómodo para ella conmigo abrazándola por detrás.
Lo juro, mi cuerpo se comporta como el de un adolescente en plena pubertad cuando estoy cerca de ella, aún después de estar casados por más de un año. Al menos aún tengo mis boxers puestos. Comienzo a girar sobre mi espalda para dejarla dormir, pero toma mi mano y dice, “Quédate.”
Me rio un poco, pero aprieto su muslo, aliviado de que ansíe tanto mi tacto como yo ansío tocarla. “Está bien, pero no respondo por lo que me puedas hacer.”
Cuando me presiono contra ella, gime, empeorando todo.
Me obligo a pensar en otra cosa para que ella pueda dormir. Pienso en todas las cosas que odio. Vuelos retrasados, cancelaciones, turbulencia, el olor rancio del desayuno de primera clase en un estómago vacío, el café quemado del avión.
Mis dedos están extendidos sobre su estómago mientras hago todo lo que puedo para respetar el hecho de que está enferma. Su mano encuentra la mía y entrelaza sus dedos con los míos. “¿Miles?” susurra.
Presiono un beso contra su oreja. “¿Qué necesitas?”
Baja mi mano un par de pulgadas. “Necesito dormir,” dice, colocando mi mano peligrosamente cerca de donde comenzarían sus bragas si no acabara de salir de bañarse. “Y necesito electrolitos,” agrega. Aleja sus dedos de los míos y coloca su mano sobre la mía, deslizándola entre sus piernas. “Y a ti.”
La calidez contra mi mano hace que sea imposible mantener mi compostura. Naturalmente volteo mis caderas contra las de ella y cierro mis ojos con un suave gemido. “Tate, no vamos a tener sexo justo ahora. Necesitas descansar…”
“Por favor,” susurra, abriendo ligeramente sus piernas, permitiendo que mi mano tome perfectamente sus muslos.
Levanto mi cabeza de la almohada y me acerco lo suficiente para alcanzar su boca. “¿Qué te parece si hacemos un trato?” susurro. “Tú cierras los ojos y descansas…” Beso la esquina de su boca. “Y yo me encargo de cuidarte.”
Asiente con otro gemido, abriendo ligeramente sus ojos. “Pero bésame.” Creo que eso sí lo puedo hacer.
Me acerco y presiono mis labios en los suyos. La diferencia de temperatura de nuestras bocas es como hielo lanzado al fuego. Aún estoy abrazándola por detrás y le está tomando mucho esfuerzo levantar su cabeza lo suficiente para besarme, así que se da vuelta sobre su espalda, abriendo sus labios y piernas para mí.
Deslizo mi lengua en su boca y recibo un suave gemido. Todo sobre ella me vuelve loco, pero la forma en la que gime cuando la estoy besando es una de mis cosas favoritas. Levanta sus caderas contra mi mano y le doy el alivio que necesita, deslizando mi dedo hacia su centro.
Una parte de mí se siente culpable por no obligarla a descansar, pero la mayor parte de mí está aliviada de que ella necesite esto justo ahora porque, de otra manera nunca podría experimentar éste hermoso lado de la fiebre. Mi mano es recibida por el intenso calor de su cuerpo y no se parece a nada que haya experimentado antes. Cierro mis ojos y presiono mi frente contra el costado de su cabeza, imaginando lo que se sentiría hacerle el amor justo ahora. Subirme sobre ella y colocarme entre el calor de sus piernas, empujando dentro de la calidez en la que mi mano está explorando ahora.
Creo que susurro la palabra, “Joder,” sin querer.
Tate abre los ojos y me mira con sus labios ligeramente abiertos. Toma pequeñas bocanadas de aire y las suelta siguiendo el ritmo de mis movimientos contra ella. Me mira mientras me concentro en su boca, esperando el momento en el que colapse sobre mis dedos.
“Miles,” suspira sin aliento. “Hazme el amor.”
Niego con la cabeza pero toma cada onza de mi fuerza de voluntad para no obedecerla. “Mañana,” susurro, besando su mentón, bajando mis labios por su cuello. Beso su ardiente piel hasta llegar a sus pechos. Descanso mi cabeza en su pecho y sigo disfrutando de ella mientras se presiona en mi mano.
Puedo sentir los latidos de su corazón contra mi mejilla mientras golpea fuertemente contra las paredes de su pecho. Hace todo menos relajarse. Comienza a enterrar sus pies en el colchón mientras arquea su espalda. Sus brazos me envuelven y me estrecha fuertemente, llevándome más cerca de ella.
Cierro mi boca sobre su pezón mientras comienza a derrumbarse debajo de mí. Me pierdo en el momento, devorando cada gemido mientras pasa todo rápidamente. Su cansancio es evidente en sus silenciosos gemidos y el susurro de un “Te amo” pasando por sus labios. Espero que se relaje y se quede dormida, pero ella sigue enterrando sus pies en el colchón sin descanso mientras me jala nuevamente hacia ella. La fuerza con la que me besa me dice todo lo que necesito saber. No fue suficiente.
Jala mi brazo para colocarme sobre ella. No necesita usar mucha fuerza porque yo lo hago con facilidad. Envuelve sus piernas alrededor de mí y me pierdo completamente en el calor de su boca, el gemido saliendo de su garganta, las manos quitándome los boxers.
Cuando me guía dentro de ella, aparece el sentimiento de culpa por el placer que estoy sintiendo debido a su fiebre. Pero nunca he sentido nada como en este momento cuando empujo lentamente dentro de ella, completamente devorado por la calidez a mi alrededor.
“Tate.”
Cuando digo su nombre, es un “gracias”, un “te amo” y un “santa mierda” atrapadas en ese sola palabra.
Lo digo una
“Tate,”
y otra
“Tate,”
Y otra vez
“Tate,”
Mientras le hago el amor
a
ella.
“Tate.”
Atrapa su nombre con su boca sobre la mía
Y mantenemos nuestro beso
mientras que de alguna manera caigo
profundamente
en su alma
en ella
en su amor.
Me quedo sobre ella,
dentro de ella,
tiempo después de que hemos terminado.
Nuestros labios se siguen moviendo,
buscando al otro,
tomando,
necesitando,
amando.
Su último beso es gentil y cansado
mientras le permite a sus brazos caer sobre su cabeza.
Suspira como si yo fuera la única medicina que pudiera
en algún momento curarla.
Beso su mejilla nuevamente y dejo su calidez,
volviendo sobre mi costado
para estar al lado de ella.
Presiono mi mano en su estómago
y silenciosamente me pregunto si este es el momento
cuando ella y yo
y nuestro amor
crearán algo aún más grande
de lo que los dos podríamos ser algún día.
Silenciosamente me pregunto si este es sólo el comienzo
o aún más
de la belleza
que ha tomado de mi dolor.
“Te amo, Miles,” susurra.
Lo dice todos los días.
Algunas veces más de una vez.
Y todos los días le digo, “Yo también te amo,”
mientras le agradezco a Dios
-no por el momento en el que nos enamoramos-
Sino
cuando
nosotros
volamos.



CREDITOS DE LA TRADUCCION A:  America Cortez  del grupo Bookaholics 

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